Una de las impresiones más fuertes es, sin duda, la presencia del mar en la experiencia de vida de todos los seres humanos. En el caso de mi hermosa hija María de los Ángeles no fue la excepción y debo declarar con absoluto orgullo que la primera vez que ella vio la inmensidad del Océano Pacífico en pleno fue de mi mano. Mi niñita era pequeñita, sólo tenía dos años pero ya se vislumbraba la fuerza de carácter que tendría a medida que fuese creciendo. Yo ya estaba separado y aquel fin de semana la tuve sólo para mí así es que nos fuimos de paseo, los dos solos, a la playa, específicamente Viña del Mar. Nos ubicamos en un lugar muy cerca del borde costero y colocamos la toalla y dispusimos todo lo que necesario para pasar una buena tarde. Ángeles se puso a jugar con la arena húmeda y, de tabnto en tanto, el agua de mar se recogía mojándole a intervalos sus piececitos. Ángeles se notaba molesta por este ir y venir del mar. No pudo más, la impaciencia fue superior a la paciencia, tanto que que se pone de pie y dirigiéndose al mar le dice, muy seria: - ¡No me moooje! Nuevamente el mar vino y le humedeció los pies, entonces en el momento cúlmine de su impaciencia y con gran enojo, se gira y le dice al mismísimo Océano Pacífico: - ¡Le dije que no me mojara! Así fue el primer contacto de mi niñita con el mar. No digo "encuentro" pues todo parece que fue, más bien, un desencuentro".domingo, 16 de enero de 2011
Ángeles y el mar
Una de las impresiones más fuertes es, sin duda, la presencia del mar en la experiencia de vida de todos los seres humanos. En el caso de mi hermosa hija María de los Ángeles no fue la excepción y debo declarar con absoluto orgullo que la primera vez que ella vio la inmensidad del Océano Pacífico en pleno fue de mi mano. Mi niñita era pequeñita, sólo tenía dos años pero ya se vislumbraba la fuerza de carácter que tendría a medida que fuese creciendo. Yo ya estaba separado y aquel fin de semana la tuve sólo para mí así es que nos fuimos de paseo, los dos solos, a la playa, específicamente Viña del Mar. Nos ubicamos en un lugar muy cerca del borde costero y colocamos la toalla y dispusimos todo lo que necesario para pasar una buena tarde. Ángeles se puso a jugar con la arena húmeda y, de tabnto en tanto, el agua de mar se recogía mojándole a intervalos sus piececitos. Ángeles se notaba molesta por este ir y venir del mar. No pudo más, la impaciencia fue superior a la paciencia, tanto que que se pone de pie y dirigiéndose al mar le dice, muy seria: - ¡No me moooje! Nuevamente el mar vino y le humedeció los pies, entonces en el momento cúlmine de su impaciencia y con gran enojo, se gira y le dice al mismísimo Océano Pacífico: - ¡Le dije que no me mojara! Así fue el primer contacto de mi niñita con el mar. No digo "encuentro" pues todo parece que fue, más bien, un desencuentro".¿Viejo yo?
Mi enfermera
Ángeles era pequeñita tan pequeñita como tiernamente exquisita, un primor de hija. Como dice Serrat: "Una sonrisa rodeada de mujer(cita)".Aquella mañana me desperté con una fuerte jaqueca producto de una semana absolutamente estresante: fin de año lectivo, lo que significaba lidiar con pruebas, apoderados desubicados y alumnos mediocres con pretensiones de salvar un año que ya estaba perdido. Eso, creo, era la razón del dolor de cabeza de aquel fin de semana.
Después de almuerzo me quedé dormido en el sofá y mi hijita se encargó de que nadie interrumpiera mi idilio con Morfeo. Si alguien hablaba algo fuerte ella se encargaba de volver todo a la normalidad. Lo hacía de la siguiente manera: miraba seriamente al causante de la molestia para luego agregar:
- Papá femo, chendo tuto. (O sea, el Papá está enfermo y está haciendo tuto (durmiendo)).
Yo, medio dormido, lo escuchaba todo con un indisimulado orgullo.
Más tarde, aquel mismo día, cuando el dolor de cabeza ya se hacía insoportable mi niñita se acercó a mí y me tomó suavemente la mano con su dulce manito y con la compasión más dulce que pueda recordar me pregunta:
- ¿Lele? (¿Duele?)
Fue tan impactante su carita, la cual denotaba absoluta preocupación por lo que estaba pasando con su padre que no me pude resistir y me levanté, salimos al jardín a jugar. No se pueden imaginar la alegría de mi niñita. Ese rostro inocentemente feliz obró el milagro: El dolor desapareció.
Defendiendo la música
En una oportunidad les hice escuchar a ambas la canción "Qué bonito es Badalona" (Álbum "Mediterráneo", 1971). Le pregunté a ambas su opinión respecto a la canción. Ángeles me dijo que le había gustado, aunque lo más probable es que lo haya dicho por agradarme. Su hermanita menor, en cambio, fue muy pero muy sincera, ya que me dijo:
- Es bonita pero prefiero más "mi" música.
- ¿Y cuál es su música? -pregunté.
- La de "Cachureos".
Esto lo aclaro: "Cachureos" era un programa infantil muy popular entre los niños durante las décadas de los ochenta y noventa. Era un programa que había editado algunos discos que eran del gusto de los púberes de entonces, entre ellos mis hijas.
Sin duda, en materia musical Panchita tenía las cosas muy claras y a mí me dio una gran lección.
Un lenguaje sólo de dos
La vida de María de los Ángeles supuso para mí un salto cualitativo en mi vida: todo cambió, ella lo cambió.
Siempre existió un código, un lenguaje secreto entre dos: padre e hija, Leonel y su pequeño clon. Recuerdo que mi pequeña hijita aún estaba en el vientre de su madre cuando ya tenía reacciones que yo calificaba de mágicas. Esto se notaba, por ejemplo, cuando sentía mi voz: entonces ella levantaba su cabecita como queriendo decirme: "Papá, aquí estoy yo".
Después de nacer era lo mismo: bastaba que yo la cargara en brazos para que se tranquilizara, esto es, para que pudiera dormir sin sobresaltos. Tan sencillo como eso.
La historia que les traigo hoy va en ese sentido: el lenguaje único e irremplazable que existía entre nosotros. Un ejemplo de esto era cuando quería que la tomara en brazos.
Apenas hablaba, ya caminaba. Entonces se acercaba a mí y se colocaba de pie al lado mío sin decir una palabra, pero en su rostro se reflejaba el lenguaje al que aludo. Me refiero a que ponía su carita muy seria y el ceño bien adusto, fruncido. Cuando yo me percataba de esto le preguntaba:
- ¿Qué pasa, mi niñita?
- Toi nojá...
- ¡Huy!. No se enoje tanto. Seamos amigos mejor.
- Yaaa... - me respondía.
Entonces la alzaba y la colocaba en mis rodillas. Les aseguro que tanto para ella como para mí el mundo se detenía. Ella era, entonces, mi mundo, y yo, por mi parte, era su mundo.
Siempre existió un código, un lenguaje secreto entre dos: padre e hija, Leonel y su pequeño clon. Recuerdo que mi pequeña hijita aún estaba en el vientre de su madre cuando ya tenía reacciones que yo calificaba de mágicas. Esto se notaba, por ejemplo, cuando sentía mi voz: entonces ella levantaba su cabecita como queriendo decirme: "Papá, aquí estoy yo".
Después de nacer era lo mismo: bastaba que yo la cargara en brazos para que se tranquilizara, esto es, para que pudiera dormir sin sobresaltos. Tan sencillo como eso.
La historia que les traigo hoy va en ese sentido: el lenguaje único e irremplazable que existía entre nosotros. Un ejemplo de esto era cuando quería que la tomara en brazos.
Apenas hablaba, ya caminaba. Entonces se acercaba a mí y se colocaba de pie al lado mío sin decir una palabra, pero en su rostro se reflejaba el lenguaje al que aludo. Me refiero a que ponía su carita muy seria y el ceño bien adusto, fruncido. Cuando yo me percataba de esto le preguntaba:
- ¿Qué pasa, mi niñita?
- Toi nojá...
- ¡Huy!. No se enoje tanto. Seamos amigos mejor.
- Yaaa... - me respondía.
Entonces la alzaba y la colocaba en mis rodillas. Les aseguro que tanto para ella como para mí el mundo se detenía. Ella era, entonces, mi mundo, y yo, por mi parte, era su mundo.
Lágrimas de una pequeña luciérnaga
Panchita era pequeñita, pequeñita. Tenía apenas un año de edad y era, es y será, tal como ya lo he dicho en otras oportunidades la ternura personificada. Desde fue así, lo traía en su genética. Sin embargo, había una sola cosa que la exasperaba, la ponía de mal humor: cuando llegaba la hora de sus comidas y no habían sido satisfechos sus requerimientos al respecto. La historia que traigo desde mi memoria va en este sentido.
Estábamos de visita en casa de mis padres y yo no me encontraba en casa en aquellos momentos. Según la madre de las niñas la escena se desarrolló de la siguiente manera:
Panchita comenzó a llorar debido a que su madre no le daba el almuerzo. Ella estaba retrasada y trabajaba afanosamente por acabar la papilla que correspondería a mi hijita menor. María de los Ángeles, con sólo tres añitos, posesionada absolutamente de su rol como hermana mayor hablaba con su hermana y le decía:
- Ya, ya, Panchita. Si ya va a llegar el papá.
Panchita sólo atinaba a responder con un lastimero y tierno: Shii...
Para la Ángeles de aquellos tiempos la solución a todos sus problemas tenía mi rostro. Sin duda, una época que mi corazón recuerda con envidia.
Al llegar yo me encuentro con esa situación: Panchita llorando, su hermana mayor tomándola tiernamente de la mano y la madre afanada en la cocina. Me acerco por detrás del coche en el que Panchita se encontraba sentada de tal manera que ella me ve la cabeza pero al revés (¿se entiende?).
Al verme deja de llorar y comienza a reír. Me extiende sus brazos, la cargo y después de saludar a la madre me la llevo al jardín. Allí entre los frondosos y añosos árboles nos quedamos los tres jugando, recogiendo hojas y haciendo lo que normalmente los padres que amamos a nuestros hijos hacemos con ellos: regalonearlos.
Así de especial eran mis hijas cuando bebés: era tan fácil complacerlas. Un privilegio sin duda es ser su padre.
Hoy reafirmo esta oración. Hoy que son unas hermosas y responsables adolescentes.
Estábamos de visita en casa de mis padres y yo no me encontraba en casa en aquellos momentos. Según la madre de las niñas la escena se desarrolló de la siguiente manera:
Panchita comenzó a llorar debido a que su madre no le daba el almuerzo. Ella estaba retrasada y trabajaba afanosamente por acabar la papilla que correspondería a mi hijita menor. María de los Ángeles, con sólo tres añitos, posesionada absolutamente de su rol como hermana mayor hablaba con su hermana y le decía:
- Ya, ya, Panchita. Si ya va a llegar el papá.
Panchita sólo atinaba a responder con un lastimero y tierno: Shii...
Para la Ángeles de aquellos tiempos la solución a todos sus problemas tenía mi rostro. Sin duda, una época que mi corazón recuerda con envidia.
Al llegar yo me encuentro con esa situación: Panchita llorando, su hermana mayor tomándola tiernamente de la mano y la madre afanada en la cocina. Me acerco por detrás del coche en el que Panchita se encontraba sentada de tal manera que ella me ve la cabeza pero al revés (¿se entiende?).
Al verme deja de llorar y comienza a reír. Me extiende sus brazos, la cargo y después de saludar a la madre me la llevo al jardín. Allí entre los frondosos y añosos árboles nos quedamos los tres jugando, recogiendo hojas y haciendo lo que normalmente los padres que amamos a nuestros hijos hacemos con ellos: regalonearlos.
Así de especial eran mis hijas cuando bebés: era tan fácil complacerlas. Un privilegio sin duda es ser su padre.
Hoy reafirmo esta oración. Hoy que son unas hermosas y responsables adolescentes.
¿Lealtad?

Esta breve historia la comenzaré diciendo que María de los Ángeles tenía apenas tres años. Recién me había separado y era la primera vez que nos veíamos después de nuestro primer distanciamento. Para mí fue terrible y supongo que para ella lo mismo.
Me llamó la atención que cuando jugaba con su hermana y se refería a mí lo hacía llamándome "Papá". Hasta aquí nada de extraño. Lo extraño era que cuando hablaba conmigo sólo me decía "Usted", pero aquí viene lo mágico:
En cierta oportunidad de aquella visita su hermana, que a la sazón sólo tenía unos dos añitos, me habló diciéndome "Tío". No se imaginan lo que eso me dolió. Prueba evidente de que su madre se estaba esforzando porque me olvidaran. En fin.
Ángeles corrige a su hermana diciéndole:
-No Panchita, él no es un tío.
Intervengo, y le digo:
-¿Ah, siiï? Entonces si no soy un tío, ¿qué soy de usted?
Ángeles baja la vista, se sonroja, y no levanta la vista con el pretexto de evitar que nuestras miradas se cruzaran. Pobrecita, supongo que en esos momentos en su corazoncito había una gran lucha: la mal llamada lealtad, lealtad a su madre, como si yo fuera el enemigo. Entonces la tomo en brazos y le digo:
-Aquí, a mi oído, para que nadie escuche, dígame quién soy yo.
Me mira, y en voz muy bajita, como si fuese casi un susurro me dice:
- Usted es mi papito.
- Entonces, contésteme otra pregunta: ¿Usted me quiere?
- Yo lo quiero mucho mucho.
Le doy un beso en la mejilla, añadiendo:
- Ahora que volvimos a ser padre e hija vaya a jugar con su hermanita.
No se me ocurre cómo poner punto final a este recuerdo sólo decir que cuando estaba (estoy) con mis hijas era (soy) el hombre más feliz, sentimiento y sensación que a través de los años no ha menguado.
Me llamó la atención que cuando jugaba con su hermana y se refería a mí lo hacía llamándome "Papá". Hasta aquí nada de extraño. Lo extraño era que cuando hablaba conmigo sólo me decía "Usted", pero aquí viene lo mágico:
En cierta oportunidad de aquella visita su hermana, que a la sazón sólo tenía unos dos añitos, me habló diciéndome "Tío". No se imaginan lo que eso me dolió. Prueba evidente de que su madre se estaba esforzando porque me olvidaran. En fin.
Ángeles corrige a su hermana diciéndole:
-No Panchita, él no es un tío.
Intervengo, y le digo:
-¿Ah, siiï? Entonces si no soy un tío, ¿qué soy de usted?
Ángeles baja la vista, se sonroja, y no levanta la vista con el pretexto de evitar que nuestras miradas se cruzaran. Pobrecita, supongo que en esos momentos en su corazoncito había una gran lucha: la mal llamada lealtad, lealtad a su madre, como si yo fuera el enemigo. Entonces la tomo en brazos y le digo:
-Aquí, a mi oído, para que nadie escuche, dígame quién soy yo.
Me mira, y en voz muy bajita, como si fuese casi un susurro me dice:
- Usted es mi papito.
- Entonces, contésteme otra pregunta: ¿Usted me quiere?
- Yo lo quiero mucho mucho.
Le doy un beso en la mejilla, añadiendo:
- Ahora que volvimos a ser padre e hija vaya a jugar con su hermanita.
No se me ocurre cómo poner punto final a este recuerdo sólo decir que cuando estaba (estoy) con mis hijas era (soy) el hombre más feliz, sentimiento y sensación que a través de los años no ha menguado.
En el estadio con Serrat
Habíamos quedado en que finalmente Sí me había comunicado con Serrat, entonces ahora quisiera compartir con ustedes en qué va acabó esta conversación.
Después que él se presentó conmigo por teléfono mi maestro me señaló que al momento de hablar él se encontraba a medio camino entre Santiago y Valparaíso, ciudad-puerto ubicada a unos 120 kilómetros de mi ciudad, y que regresaría a Santiago pronto, en unas cuantas horas pues había de hacer su único ensayo para lo que me dijo que yo fuese al Estadio Nacional (lugar del concierto) aquel mismo día a las nueve de la noche y que allí podríamos hablar.
No es necesario decir que a la hora señalada yo estaba muy puntual pero no había contado con el primer obstáculo. Al llegar al estadio y tratar de ingresar me encontré con que los guardias de la puerta no me creyeron la historia. Hice, entonces, un pequeño escándalo exigiendo que llamasen al señor Lombardi. De tal manera fue mi insistencia que lo hicieron recibiendo por toda respuesta la autorización para que me hicieran ingresar al recinto.
Después de media hora de larga y ansiosa espera entraron dos vehículos grandes, imponentes, casi lujosos diría yo. Del vehículo delantero salieron los cuatro músicos de Serrat: Josep Bardagí Freixes, jordi Clua, Enric Cannada y Josep Font, verdaderos semidioses que hacían compañía al objeto de mis sueños. Del automóvil posterior aparecieron el argentino y, Siiiii, el mismo Joan Manuel Serrat Teresa. Lo veo y corro. Me pongo frente al maestr, cara a cara, y le digo, en catalán, por supuesto:
- Señor Serrat, soy Joan Figueres Guíxols.
Sin que pasara un segundo, Serrat me toma de los hombros y me da un fuerte abrazo, al tiempo que me decía:
- Muchacho, tui caso me ha dado mucha ilusión.
Entonces me toma y me dice que lo acompañe. Dejamos boquiabiertos a los periodistas que le esperaban y conversamos unos cuarenta minutos. La verdad es que yo no terminaba de creermelo. Serrat y yo conversando. Serrat preguntándome cosas de mi vida. Serrat agradeciéndome, sí, agradeciéndome el interés por su obra y su idioma. Si soy el único beneficiado de todo esto.
Para terminar esta serie con Serrat, sólo les diré que desde entonces con Serrat el contacto ha seguido pues cada vez que viene por estas tierras chilenas me llama, tengo dos entradas aseguradas y charlamos como los mejores amigos. Un simple hombre hablando con dios, así es como lo siento. Y eso que ya han pasado veinte años.
Después que él se presentó conmigo por teléfono mi maestro me señaló que al momento de hablar él se encontraba a medio camino entre Santiago y Valparaíso, ciudad-puerto ubicada a unos 120 kilómetros de mi ciudad, y que regresaría a Santiago pronto, en unas cuantas horas pues había de hacer su único ensayo para lo que me dijo que yo fuese al Estadio Nacional (lugar del concierto) aquel mismo día a las nueve de la noche y que allí podríamos hablar.
No es necesario decir que a la hora señalada yo estaba muy puntual pero no había contado con el primer obstáculo. Al llegar al estadio y tratar de ingresar me encontré con que los guardias de la puerta no me creyeron la historia. Hice, entonces, un pequeño escándalo exigiendo que llamasen al señor Lombardi. De tal manera fue mi insistencia que lo hicieron recibiendo por toda respuesta la autorización para que me hicieran ingresar al recinto.
Después de media hora de larga y ansiosa espera entraron dos vehículos grandes, imponentes, casi lujosos diría yo. Del vehículo delantero salieron los cuatro músicos de Serrat: Josep Bardagí Freixes, jordi Clua, Enric Cannada y Josep Font, verdaderos semidioses que hacían compañía al objeto de mis sueños. Del automóvil posterior aparecieron el argentino y, Siiiii, el mismo Joan Manuel Serrat Teresa. Lo veo y corro. Me pongo frente al maestr, cara a cara, y le digo, en catalán, por supuesto:
- Señor Serrat, soy Joan Figueres Guíxols.
Sin que pasara un segundo, Serrat me toma de los hombros y me da un fuerte abrazo, al tiempo que me decía:
- Muchacho, tui caso me ha dado mucha ilusión.
Entonces me toma y me dice que lo acompañe. Dejamos boquiabiertos a los periodistas que le esperaban y conversamos unos cuarenta minutos. La verdad es que yo no terminaba de creermelo. Serrat y yo conversando. Serrat preguntándome cosas de mi vida. Serrat agradeciéndome, sí, agradeciéndome el interés por su obra y su idioma. Si soy el único beneficiado de todo esto.
Para terminar esta serie con Serrat, sólo les diré que desde entonces con Serrat el contacto ha seguido pues cada vez que viene por estas tierras chilenas me llama, tengo dos entradas aseguradas y charlamos como los mejores amigos. Un simple hombre hablando con dios, así es como lo siento. Y eso que ya han pasado veinte años.
Una llamada increíble
Había llegado el día tan deseado: Serrat ya estaba entre nosotros simples mortales.
Llegó un día jueves. Le do dos horas antes de tomar acción.
Pasaron les dos horas, pues ya estamos listos... uno... dos... tres... ¡llamemos, entonces!
Hice la primera llamada y en seguida me respondió el argentino: hice el saludo de rigor, él respondió y nada, ¡se cortó! Segundo intento: lo mismo, igual que la tercera y la cuarta llamada. A cada llamada podía hablar con Lombardi tan sólo algunos segundos, los suficientes para que éste señor se enterara que era yo el que le telefoneaba.
Después del cuarto intento hice una llamada más pero esta vez me contestó una voz más grave que la del argentino, el cual se caracterizaba por tener un tono agudo. Esta voz, que no era la del argentino, me dijo en castellano:
- Diga...
En seguida comienza el siguiente diálogo:
- Buenas tardes. -Le dije. Necesito hablar conm el señor Lombardi.
- ¿Y cuál sería el motivo?
- Lo que ocurre es que el señor Lombardi me pondrá en contacto con Joan Manuel Serrat.
- ¿Cómo se llama usted?
- Joan Figueres i Guíxols.
Entoces el hombre que estaba al otro lado del aparato me dijo en un perfecto catalán con acento barcelonés:
- Jo sóc en Joan Manuel Serrat.
No me lo acababa de creer. Sin meditarlo me puse a hablar en catalán.
Esto que parecía la cumbre del cielo todavía la vida me tenía preparada una más que agradable sorpresa.
Llegó un día jueves. Le do dos horas antes de tomar acción.
Pasaron les dos horas, pues ya estamos listos... uno... dos... tres... ¡llamemos, entonces!
Hice la primera llamada y en seguida me respondió el argentino: hice el saludo de rigor, él respondió y nada, ¡se cortó! Segundo intento: lo mismo, igual que la tercera y la cuarta llamada. A cada llamada podía hablar con Lombardi tan sólo algunos segundos, los suficientes para que éste señor se enterara que era yo el que le telefoneaba.
Después del cuarto intento hice una llamada más pero esta vez me contestó una voz más grave que la del argentino, el cual se caracterizaba por tener un tono agudo. Esta voz, que no era la del argentino, me dijo en castellano:
- Diga...
En seguida comienza el siguiente diálogo:
- Buenas tardes. -Le dije. Necesito hablar conm el señor Lombardi.
- ¿Y cuál sería el motivo?
- Lo que ocurre es que el señor Lombardi me pondrá en contacto con Joan Manuel Serrat.
- ¿Cómo se llama usted?
- Joan Figueres i Guíxols.
Entoces el hombre que estaba al otro lado del aparato me dijo en un perfecto catalán con acento barcelonés:
- Jo sóc en Joan Manuel Serrat.
No me lo acababa de creer. Sin meditarlo me puse a hablar en catalán.
Esto que parecía la cumbre del cielo todavía la vida me tenía preparada una más que agradable sorpresa.
Con el Road-Manager
Al día siguiente había llegado temprano a la oficina del Road Manager de Serrat. Resultó ser un argentino, un hombre de mediana edad, delgado, delgadísimo y que vestía de una manera juvenil. Cuando llegué a la oficina del argentino éste todavía no había llegado, pero sí lo habían hecho dos o tres personas más, las cuales, según me enteré después, eran periodistas que querían contactar al Road manager para una entrevista con Serrat.
Al llegar me presenté con la recepcionista diciéndole que era Joan Figueres i Guíxols, ella me sonrió y me dijo que el argentino todavía no había llegado. Me senté y después de media hora Lombardi llegaba, pero fue necesario esperar todavía un rato más. Entonces se siente el citófono y la mujer de la recepción al primero que hizo pasar fue al señor Figueres, es decir, a mí. Como era lógico los periodistas hicieron sentir sus protestes. Ante esto la mujer les da por toda respuesta:
"Es que el joven es amigo personal de Joan Manuel Serrat".
Aquellas palabras me hicieron sentir como si estuviera en el paraíso: Yo, un simple mortal, amigo personal de Zeus, Buda, Ahura Mazda, todos juntos en un solo nombre: Joan Manuel Serrat.
Una vez adentro del despacho de Lombardi, él me extendió la mano al tiempo que decía:
"Así que por fin te conozco".
Mi cara de extrañeza era tan obvia como evidente. El argentino tomó un sobre que tenía encima de la mesa y me lo dio. Lo recibí dándome cuenta de su contenido: cinco entradas a la mejor ubicación del día del concierto. Miré a Lombardi y le digo:
"Gracias pero yo ya tengo mis entradas para ambos días, ¿en todo caso qué le parece si le cambio estas cinco entradas por cinco minutos con Serrat?" Acto seguido le devuelvo el sobre con su valioso contenido a mi interlocutor.
El argentino me devuelve el sobre con una sonrisa en el rostro diciéndome:
"No te preocupes, uno de los encargos que tengo de parte de Serrat es concertar una entrevista entre ustedes dos."
"Entonces, -digo yo- ¿cómo lo haríamos?"
"Muy fácil, apenas tú te enteres que Serrat está en Chile me llamas a mi celular ya que yo estaré siempre al lado de Serrat en tanto no esté en el hotel o dando el concierto".
Y quedamos así. Me despedí lleno de ilusión no creyendo que estaba a punto de concretar un sueño que yo no pedí.
¿Será tan fácil esto?
Al llegar me presenté con la recepcionista diciéndole que era Joan Figueres i Guíxols, ella me sonrió y me dijo que el argentino todavía no había llegado. Me senté y después de media hora Lombardi llegaba, pero fue necesario esperar todavía un rato más. Entonces se siente el citófono y la mujer de la recepción al primero que hizo pasar fue al señor Figueres, es decir, a mí. Como era lógico los periodistas hicieron sentir sus protestes. Ante esto la mujer les da por toda respuesta:
"Es que el joven es amigo personal de Joan Manuel Serrat".
Aquellas palabras me hicieron sentir como si estuviera en el paraíso: Yo, un simple mortal, amigo personal de Zeus, Buda, Ahura Mazda, todos juntos en un solo nombre: Joan Manuel Serrat.
Una vez adentro del despacho de Lombardi, él me extendió la mano al tiempo que decía:
"Así que por fin te conozco".
Mi cara de extrañeza era tan obvia como evidente. El argentino tomó un sobre que tenía encima de la mesa y me lo dio. Lo recibí dándome cuenta de su contenido: cinco entradas a la mejor ubicación del día del concierto. Miré a Lombardi y le digo:
"Gracias pero yo ya tengo mis entradas para ambos días, ¿en todo caso qué le parece si le cambio estas cinco entradas por cinco minutos con Serrat?" Acto seguido le devuelvo el sobre con su valioso contenido a mi interlocutor.
El argentino me devuelve el sobre con una sonrisa en el rostro diciéndome:
"No te preocupes, uno de los encargos que tengo de parte de Serrat es concertar una entrevista entre ustedes dos."
"Entonces, -digo yo- ¿cómo lo haríamos?"
"Muy fácil, apenas tú te enteres que Serrat está en Chile me llamas a mi celular ya que yo estaré siempre al lado de Serrat en tanto no esté en el hotel o dando el concierto".
Y quedamos así. Me despedí lleno de ilusión no creyendo que estaba a punto de concretar un sueño que yo no pedí.
¿Será tan fácil esto?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)