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viernes, 21 de enero de 2011

22 de Marzo de 1991

El día que María de los Ángeles Muñoz Adasme, mi hermosa niñita, nació fue un día inolvidable. En realidad una noche inolvidable, me estrenaba como padre y con las mejores pretensiones de ser el mejor de los mejores. hoy no es una historia la que les tengo preparado sino un poema pero aclaro que son versos escritos esa misma noche. Lo aclaro para que se entienda toda la carga emocional que tienen. Obviamente fueron escritos en catalán y por primera vez los traduzco al castellano.

Las dos fotos que acompañan estos versos son de mi Ángeles en dos etapas importantes de su vida: la primaria y la secundaria. ¿Cierto que su belleza se mantiene?
Antes debo explicar algo: lo de madre de un dios e hija de un dios. Mi niña lleva el nombre de María por la hija mayor de Serrat, y Ángeles debido a que así se llamaba la madre de Serrat.






MARÍA DE LOS ÁNGELES

Has llegado al mundo
pero habitabas
en mi corazón...
una pequeña luciérnaga,
una flor,
una canción de primavera,
el silencio que me llena de gozo
el alma,
los tesoros
que desde ahora guardaré
con ternura...
has llegado al mundo
con el nombre que un dios
escogió
para su hija,
el nombre de la madre de un dios,
el nombre que hará
que las palabras
sean pequeños heraldos
de tus pequeños ojos...
has llegado al mundo
para llenar mi mundo
de flores,
de escarcha,
de pétalos dorados,
de frases
que ahora nacen contigo,
de silencios que escudriñan
mis días,
mis horas,
que harán que la tristeza
que hasta ahora me ha llenado
sea una pesadilla de otro
que no soy yo,
de otro que se llevará
mis afanes,
mis tristezas,
la derrota del ayer
que se queja en la calle...
Has llegado al mundo
pero ya habitabas
en mi corazón...
has llegado al mundo
con un ramo en la mano,
con un cirio azul
en los dientes,
con un manojo de versos nuevos,
con un bosque
de hojas vivas,
con un renuevo de palabras,
de plegarias,
de largas caminatas,
de tardes en el mar,
de atardeceres lejanos,
de lágrimas que menguarán
en mi corazón
tan sólo cuando piense en ti,
pequeña musa mía,
pequeña flor
que engalanarás
el otoño austral,
los rumores
de un tiempo que ahora me deja,
de un tiempo lloroso,
de un tiempo enfermo
que recobrará la salud
contigo,
sólo contigo...
una petita lluerna,
una flor,
una canción de primavera,
el silencio que me llena de gozo
el alma,
los tesoros
que desde ahora guardaré
con ternura...

Curicó, 22 de marzo de 1991

Autoestima

Lo primero decirle a mi María de los Ángeles que su correo del día de hoy me alegró el día.
Bueno, pero a lo nuestro. El título de la entrada de hoy obedece más bien a que no todo lo que legué a mi niñita, genéticamente hablando, fue positivo, ya que de lo contrario ella sería perfecta, jaja. Bromas aparte, uno de los rasgos que ella y yo compartimos es la baja autoestima.
Como me di cuenta de ello casi desde el principio de la vida de mi hija mayor y como era (es) tanto el amor que le tenía (tengo) quise que ella no pasara por los sufrimientos que tener aquello que de manera tan frívola llamamos timidez.
Como en cada una de las historias que he compartido con todos ustedes hoy no será la excepción ya que Ángeles era muy pequeñita, tan pequeñita como temerosa de hacer las cosas.
Era domingo, aún vivíamos en el número 318 de la calle Merino Jarpa, y habíamos recién llegado de hacer las compras en el supermercado. A Ángeles le fascinaba ayudarme a guardar los víveres en su correspondiente lugar. A la sazón, estábamos guardando los huevos en el refrigerador, ella estaba subida en una silla y yo le iba pasando los huevos uno a uno, entonces ella los iba colocando en su cubículo. Su madre, siempre tan aprensiva, nos había advertido ya que tuviéramos cuidado de no romper ningún huevo. Yo la tranquilizaba diciéndole que su preocupación estaba de más.
En eso estábamos cuando de repente y de manera inopinada uno de estos huevos cayó al suelo, imagínense el resultado: Ángeles se asustó y su pechito empezó a acelerar los latidos de su corazón de lo asustada que estaba. Yo la tranquilicé diciéndole que limpiando el piso todo se arreglaba. Fuimos a buscar la escoba, algunos paños y un poco de cera. Lo dejamos como si no hubiera pasado nada. El trabajo de Ángeles consistió en arrojar a la basura los papeles que ocupamos para limpiar. Con una amplia sonrisa se sacudió las manos como quien acababa de subir a la cumbre del Everest.
Pero la historia no acaba aquí. Faltaba, tal vez, lo más importante: reponer el huevo. Le puse su jersey y coloqué una moneda en su cartera. La idea era que ella pagara el huevo con el dinero que había puesto en la cartera. Llegamos al almacén, pedimos el huevo, nos entregaron la bolsa con nuestro preciado tesoro y llegados al momento de pagar mi hermosa acompañante no quiso desprenderse de su “capital”. Obligado, entonces, a pagar yo. En mi vida había pagado tanto por un simple huevo.

Exclusividad

Quiero ser sincero conmigo y decir que la historia de hoy no es precisamente "una" historia sino más bien retazos de recuerdos que de lo mismo. A medida que las líeneas de este escrito vayan apareciendo me entenderán mejor.

Comencemos, entonces:
En una de las últimas actualizaciones me comentó mi bella hija mayor, y no escribió uno sino que dos comentarios. El segundo de estos dice:
"Casi se me olvida:
¿Por qué la panxy
tiene más publicaciones
que yo?"
Mi primera reacción fue de simpatía ya que me llevó en el tiempo a un sinnúmero de ocasiones en las que el derecho de exclusividad ella lo exigía a ultranza. Recuerdo, por ejemplo, cuando tenía apenas un añito y era (todavía lo es) absolutamente bella. Poseía unos ojitos melancólicos, unas suaves pestañas, unas delicadas cejas, unos labios tan bien delineados, en fin, hermosamente bella por donde se la mire. En la oportunidad de la que estoy hablando yo la tenía en brazos, su madre a nuestro lado completaba el cuadro. Yo, mirando a mi hijita, le dije a su madre:
- Mira esos ojitos.
A lo que añadí:
- Yo sería incapaz de alguna vez decirle que no, sería imposible de mi parte.
Su madre, rió, para luego agregar:
- ¿Y cuando, dentro de algunos años, venga donde ti y te pida permiso para tener novio?
Respondí:
- Tienes razón, sí que voy a ser capaz.
Después de lo cual ambos reímos. Sin duda eran buenos tiempos en mi vida.
En otra ocasión Ángeles tenía 4 años y Panchita 2. Las llamo a ambas diciéndoles:
- Vengan mis niñitas con su papá.
Ángeles, muy seria ella, me mira fijo y dice:
- No, no, no. Yo soy su niñita, la Panchi es su chiquitita.
Y la última en este relato, mas no la última que recuerdo, estábamos en un parque los tres: padre, hija mayor e hija menor, cuando ella le dice a su hermana que le tiene que hacer caso pues para eso ella es la mayor.
Hoy Ángeles, eso es una de las cosas que más me gusta de ella, se ha transformado en la protectora de su hermana, su confidente, a pesar de que sólo se llevan un año y medio.
Las siguientes palabras son para Ángeles:
Con esta entrada ahora ambas tienen la misma cantidad de publicaciones: yo cumplí, así es que creo ser merecedor de un largo comentario, mínimo diez líneas, jaja...

domingo, 16 de enero de 2011

Ángeles y el mar

Una de las impresiones más fuertes es, sin duda, la presencia del mar en la experiencia de vida de todos los seres humanos. En el caso de mi hermosa hija María de los Ángeles no fue la excepción y debo declarar con absoluto orgullo que la primera vez que ella vio la inmensidad del Océano Pacífico en pleno fue de mi mano. Mi niñita era pequeñita, sólo tenía dos años pero ya se vislumbraba la fuerza de carácter que tendría a medida que fuese creciendo. Yo ya estaba separado y aquel fin de semana la tuve sólo para mí así es que nos fuimos de paseo, los dos solos, a la playa, específicamente Viña del Mar. Nos ubicamos en un lugar muy cerca del borde costero y colocamos la toalla y dispusimos todo lo que necesario para pasar una buena tarde. Ángeles se puso a jugar con la arena húmeda y, de tabnto en tanto, el agua de mar se recogía mojándole a intervalos sus piececitos. Ángeles se notaba molesta por este ir y venir del mar. No pudo más, la impaciencia fue superior a la paciencia, tanto que que se pone de pie y dirigiéndose al mar le dice, muy seria: - ¡No me moooje! Nuevamente el mar vino y le humedeció los pies, entonces en el momento cúlmine de su impaciencia y con gran enojo, se gira y le dice al mismísimo Océano Pacífico: - ¡Le dije que no me mojara! Así fue el primer contacto de mi niñita con el mar. No digo "encuentro" pues todo parece que fue, más bien, un desencuentro".

Mi enfermera

Ángeles era pequeñita tan pequeñita como tiernamente exquisita, un primor de hija. Como dice Serrat: "Una sonrisa rodeada de mujer(cita)".
Aquella mañana me desperté con una fuerte jaqueca producto de una semana absolutamente estresante: fin de año lectivo, lo que significaba lidiar con pruebas, apoderados desubicados y alumnos mediocres con pretensiones de salvar un año que ya estaba perdido. Eso, creo, era la razón del dolor de cabeza de aquel fin de semana.
Después de almuerzo me quedé dormido en el sofá y mi hijita se encargó de que nadie interrumpiera mi idilio con Morfeo. Si alguien hablaba algo fuerte ella se encargaba de volver todo a la normalidad. Lo hacía de la siguiente manera: miraba seriamente al causante de la molestia para luego agregar:
- Papá femo, chendo tuto. (O sea, el Papá está enfermo y está haciendo tuto (durmiendo)).
Yo, medio dormido, lo escuchaba todo con un indisimulado orgullo.
Más tarde, aquel mismo día, cuando el dolor de cabeza ya se hacía insoportable mi niñita se acercó a mí y me tomó suavemente la mano con su dulce manito y con la compasión más dulce que pueda recordar me pregunta:
- ¿Lele? (¿Duele?)
Fue tan impactante su carita, la cual denotaba absoluta preocupación por lo que estaba pasando con su padre que no me pude resistir y me levanté, salimos al jardín a jugar. No se pueden imaginar la alegría de mi niñita. Ese rostro inocentemente feliz obró el milagro: El dolor desapareció.

Un lenguaje sólo de dos


La vida de María de los Ángeles supuso para mí un salto cualitativo en mi vida: todo cambió, ella lo cambió.
Siempre existió un código, un lenguaje secreto entre dos: padre e hija, Leonel y su pequeño clon. Recuerdo que mi pequeña hijita aún estaba en el vientre de su madre cuando ya tenía reacciones que yo calificaba de mágicas. Esto se notaba, por ejemplo, cuando sentía mi voz: entonces ella levantaba su cabecita como queriendo decirme: "Papá, aquí estoy yo".
Después de nacer era lo mismo: bastaba que yo la cargara en brazos para que se tranquilizara, esto es, para que pudiera dormir sin sobresaltos. Tan sencillo como eso.
La historia que les traigo hoy va en ese sentido: el lenguaje único e irremplazable que existía entre nosotros. Un ejemplo de esto era cuando quería que la tomara en brazos.
Apenas hablaba, ya caminaba. Entonces se acercaba a mí y se colocaba de pie al lado mío sin decir una palabra, pero en su rostro se reflejaba el lenguaje al que aludo. Me refiero a que ponía su carita muy seria y el ceño bien adusto, fruncido. Cuando yo me percataba de esto le preguntaba:
- ¿Qué pasa, mi niñita?
- Toi nojá...
- ¡Huy!. No se enoje tanto. Seamos amigos mejor.
- Yaaa... - me respondía.
Entonces la alzaba y la colocaba en mis rodillas. Les aseguro que tanto para ella como para mí el mundo se detenía. Ella era, entonces, mi mundo, y yo, por mi parte, era su mundo.

¿Lealtad?


Esta breve historia la comenzaré diciendo que María de los Ángeles tenía apenas tres años. Recién me había separado y era la primera vez que nos veíamos después de nuestro primer distanciamento. Para mí fue terrible y supongo que para ella lo mismo.

Me llamó la atención que cuando jugaba con su hermana y se refería a mí lo hacía llamándome "Papá". Hasta aquí nada de extraño. Lo extraño era que cuando hablaba conmigo sólo me decía "Usted", pero aquí viene lo mágico:
En cierta oportunidad de aquella visita su hermana, que a la sazón sólo tenía unos dos añitos, me habló diciéndome "Tío". No se imaginan lo que eso me dolió. Prueba evidente de que su madre se estaba esforzando porque me olvidaran. En fin.
Ángeles corrige a su hermana diciéndole:
-No Panchita, él no es un tío.
Intervengo, y le digo:
-¿Ah, siiï? Entonces si no soy un tío, ¿qué soy de usted?
Ángeles baja la vista, se sonroja, y no levanta la vista con el pretexto de evitar que nuestras miradas se cruzaran. Pobrecita, supongo que en esos momentos en su corazoncito había una gran lucha: la mal llamada lealtad, lealtad a su madre, como si yo fuera el enemigo. Entonces la tomo en brazos y le digo:
-Aquí, a mi oído, para que nadie escuche, dígame quién soy yo.
Me mira, y en voz muy bajita, como si fuese casi un susurro me dice:
- Usted es mi papito.
- Entonces, contésteme otra pregunta: ¿Usted me quiere?
- Yo lo quiero mucho mucho.
Le doy un beso en la mejilla, añadiendo:
- Ahora que volvimos a ser padre e hija vaya a jugar con su hermanita.
No se me ocurre cómo poner punto final a este recuerdo sólo decir que cuando estaba (estoy) con mis hijas era (soy) el hombre más feliz, sentimiento y sensación que a través de los años no ha menguado.

jueves, 8 de octubre de 2009

El trabajo de Papá

Después de mi separación de la madre de mis amadas luciérnagas la vida no me trató muy bien. No me duele reconocer que lo pasé muy mal, evidentemente por la lejanía obligada que debí soportar de mis pequeñas hijitas que, a la sazón, tenían muy pocos años.
Cuando el contacto se restableció mi María de los Ángeles cursaba el Segundo Año de la Primaria y la pequeña María Francisca daba recién sus primeros pasos en el Jardín de Infantes. Ya llevaba algunos años ejerciendo como Profesor de Lengua Castellana, labor que de alguna manera, y sólo de alguna manera, lograba mitigar la pena que la separación de mis pequeñas hijas me producía. En aquellos años lo que más me atormentaba era lo que ellas pudieran estar sufriendo sin hallar explicación en sus pequeños cerebritos, especialmente María de los Ángeles, por ser la mayor y, por ende, la que mayores recuerdos y pérdidas tenía.
En aquel reencuentro, repito, María de los Ángeles era muy pequeñita, pero no tanto como para no hacer las preguntas de "aquellas", de hecho se encontraba en plena edad para ponerlo a uno en aprietos. (Me explico, ¿verdad?)
Recuerdo que estábamos ambos, Ángeles y yo, sentados en la Sala de estar de la casa de mis padres leyendo una pequeña novela para infantes cuando ella rompe la lectura con una dulce pausa:
- ¿Le puedo hacer hacer una pregunta?
- Por supuesto, ¿qué desea saber?
- ¿En qué trabaja usted?
- ¿Yo? ¿Pero es que no lo sabe?
- No, no lo sé...
Entonces, como si se tratara de la cosa más natural del mundo, le señalo que soy profesor. La niña, mi bella niñita, abre unos ojos de sorpresa, y con esa entonación tan característica que era un sello de marca de ella, dice:
- ¿¡En seerio!?
Acto seguido, abrió unos ojos, de maravillados. Al verla, cualquiera hubiera pensado que nada era más grandioso que tener un padre profesor. En los ojos de mi hija vi orgullo, honor, felicidad, aprobación, y, por sobre todo, admiración.
Recuerdo que en otra oportunidad durante la misma semana fuimos al colegio donde trabajo. Inolvidable es el momento en que ingresamos al recinto y el portero, al franquearme la entrada, me dice:
- Buenas tardes Profesor...
Mi Ángeles, fue tan obvio, se sentía verdaderamente feliz.

Han pasado los años y esa imagen la mantengo latente. Es poderosa, un fuerte estímulo para sentirme acompañado a pesar de los años en que no estuvimos juntos.
Al día siguiente, estábamos en mi biblioteca con mis dos hijas y mi pequeña Panchita me pregunta:
- ¿Por qué tiene tantos libros?
Alcancé a abrir los labios para responder cuando Ángeles lo hace por mí, moviendo la cabeza manifestando reprobación por la pregunta de su hermana menor:
- ¿Por qué tiene tantos libros? Pero si el papá es profesor y él debe tener muuuchos libros para poder enseñarle a sus alumnos.
Luego, Panchita contraataca:
- Entonces, respóndame esta otra pregunta: ¿Por qué usa lentes?
Ángeles nuevamente responde:
- El papá es profesor y todos los profesores usan lentes.
- Pero mi señorita del jardín no usa lentes.
- Ah, pero cuando vayas al colegio como yo (me sonó a "cuando seas grande como yo") verás que todos los profesores usan lentes.
Nuevamente debo indicar que estos recuerdos me llevan con nostalgia a la ternura de esos años, felices años.
¿Por qué tienen que crecer los hijos? Es injusto, ¿no creen?

Asunto de apellido

Maria de los Ángeles tenía cinco años y se encontraba en aquella edad que comienzan a relacionar los diferentes aspectos que conforman su propia vida con lo que afecta su entorno. En la situación que quiero compartir con vosotros el día de hoy nos hallábamos sentados en una plaza cercana a la casa de mis padres. Como digo estábamos sentados mientras ella me acribillaba con las típicas preguntas que le puede hacer a su padre una niña de cinco años.
Recuerdo que me pregunta si yo tenía primos, entonces no se me ocurre nada mejor que contarle la razón por la que los seres humanos llevamos apellidos. Mi razonamiento fue el siguiente: "Tanto usted como su hermanita son Muñoz Adasme, esto se debe a que el primer apellido es el del papá y el segundo el de la mamá. Los apellidos nos cuentan la historia de la familia y nos unen y nos relacionan como familia. Es así que todos los que están en casa son de apellido Muñoz (me refería a tíos, primos y abuelos de ellas).
"Por eso es que yo mismo, por mi padre y por mi madre, me llamo Leonel Muñoz Tigre". Aquí viene, entonces, la parte tierna de la historia, ya que al decir yo mi nombre ella me mira con cierta incredulidad y con el rostro amorosamente serio me dice: "Eso no es cierto". Yo, intrigado, le pregunto que a qué se refería. Ella, con la seriedad antes mencionada, me dice: "Usted no es un tigre, usted es una persona". Esto lo dice sin abandonar esa exquisita seriedad que era una delicia.

Vaca, no ballo

Cuando María de los Ángeles nació venía con una leve displasia de cadera por lo que se debió actuar con celeridad y diligencia. Como en aquel año de 1992, yo trabajaba en Santiago y sólo viajaba a verla los fines de semana (hablo en singular pues aún no nos había llegado la alegría personificada en Panchita, mi bella hija menor), así es que normalmente hacía los viajes entre Curicó, Santiago y de regreso a Curicó. Tal fue el caso del recuerdo que quiero compartir hoy.Íbamos recién en el viaje de ida, esto es, Curicó-Santiago. El viaje lo hicimos en tren y, como es de esperarse la llevaba sentada en mis piernas, ya que sólo tenía algo más de un año, cuando había transcurrido una hora de viaje noto que empieza a cabalgar sobre mis rodillas, haciendo el típico chasquido que hacen los niños al imitar a un caballo. De simple curiosidad veo que al otro lado de la ventana había sólo vacas. La miro y le digo: “Pero mi niña, si esas son vacas, no son caballos”. Ella, a su vez, me devuelve la mirada y me dice: “Vaca, no ballo”.Proseguimos nuestro viaje, fuimos al médico, nos quedamos aquella noche en casa de mis padres, regresando a Curicó al día siguiente. En cuanto entramos en la casa, y al ver a su madre, lo primero que le dice es: “Vaca, no ballo”. Como es de suponer tuve que narrarle toda la historia ya que ella no entendía nada.Esta pequeña historia me parece de una ternura inmarcesible por eso quise compartirla el día de hoy.